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Permíteme leer por una semana periódicos sin títuolos
trágicos. Dame un solo motivo para pensar que la vida de
hoy en este planeta pueda ser mejor que antes. Las
películas modernas ponen en relieve a los héroes de los
paquines baratos y gozados de mi niñez, haciendo del
Hombre Murcielago un tipo pensativo, pero seguro y de la
Mujer Gata una sorpresa, a la vez, traicionera y bella. En
esa época era posible escoger su equipo de béisbol en el
patio de la escuela justamente debajo del letrero que
decía: Prohibido Jugar Béisbol aquí.
Sin embargo, mi vida juvenil también tenía sus temores y
desilusiones. Mi cinismo preferido para toda autoridad no
es por haber nacido durante la peor depresión económica
del último siglo, sino por otros motivos mejores. Un
ejemplo: durante la Segunda Guerra Mundial me exegían
odiar el imperio siniestro de los japoneses, alemanes e
italianos y amar sin condición a los aliados chinos y
rusos. Al ser terminada la guerra, el gobierno
norteamericano cambió su propaganda para hacer del amigo
un enemigo y del enemigo un compadre preferido. Desde ese
momento, lo que dice la arbitrariedad sólo me da sonrisas
y sospechas.
Duante la juventud, se juntan muchas cosas que forjan el
futuro, pero hubo una sola frase en el libro infantil,
El Brujo de Oz, leído a los cinco años, que me ha orientado toda la
vida. El supuesto brujo, ya desenmascarado, contesta las
acusaciones de Dorothy: "No, hija; la verdad es que
soy un hombre bueno, pero no sirvo como mago”. Así
todos.
Desde esa lectura hasta ahora, para mí las verdades
importantes han sido las mismas. Sólo las apariencias han
cambiado: la química, la biología, la física y la
arqueología presentan hoy otra cara; pero lo que provoca
la vida o la muerte en el mundo sigue igual. Son las
mismas ganas de poder y los odios tradicionales remontados
al presente que andan matando por hambres o balas a los
niños del mundo, facilitando las guerras entre pueblo y
pueblo. Padres de familia siguen pensando que con
tortillas, pan y colegio se crian los hijos sin dar ni
tiempo ni muestras de amor y afecto.
¿Sabemos el valor de la vida o sólo lo que cuesta? Ya no
reconocemos nuestros dones diferentes ni el espíritu
compartido que los une. La solidaridad que las religiones
deben prestar a los pueblos del mundo ha desvanecido en un
círculo vicioso de quejas tontas. Cada uno del barrio se
para en la puerta de su casa con pistola frente al otro
que carga escopeta. Fingimos ignorancia, sabiendo siempre
que nos podemos aniquilar.
Celebramos el bautismo para medir la belleza de la vida
con los palos de la brevedad y la muerte. Se mide para no
perder la oportunidad de realizarla plenamente. Sin
embargo, los niños siguen matándose, los unos a los otros,
para ganar, si no un territorio para la venta de drogas,
por lo menos la fama de la infamia.
Lucas nos dice que somos personas evangelizadoras porque
reconciliamos todo lo que hay en nosotros, abriendo un
centro en donde vivimos. Es nuestro deber amar a este
centro, el mismo Dios, con nuestro
corazón, alma y espíritu.
El pasado nos enseña a aprender por experiencia y a atraer
a toda la gente que hemos conocido. Un compañero mío
panameño decía que nosotros no podíamos faltar de las
reuniones del barrio porque la gente nos daba vida. Por
este motivo, nuestro presente debe ser siempre alegre;
allí recibimos mucho del pasado y se abre un futuro. Hoy
nos juntamos, relacionándonos de cerca para soñar juntos
con el futuro lejano que jamás veremos. Tenemos dones que
servirán a los del futuro sin perjudicar las prioridades y
agendas de esa gente. Quiero decir a esas generaciones que
alguien de esta época se ha preocupado por las relaciones
humanas que ellas profundizarán en ese futuro, y por la
unidad del espíritu humano. Ellos deben saber que nosotros
también hemos creído más en las personas que en las
ideologías o las búsquedas del poder. Hay que decirles que
el aceite mezclado con vino sirve para sanar heridas y
toma muchas formas. Quiero comunicar mi amor por ellos y
que yo los valoro bastante.
Lucas nos dice que el prójimo es la persona que necesita
nuestra ayuda. Debemos unir el futuro, el pasado y el
presente, amando así sus formas relativas, poniéndoles
luz, aire y agua, relacionándonos todos por fe y por el
amor a la justicia. Sólo así seremos partícipes de la
historia política y espiritual del mundo.
Donaldo Headley
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