“¿Qué debo hacer?”
El corazón inquieto murmura: “Si yo supiera con seguridad la voluntad de Dios. Ojalá estuviera claro lo que Dios quiere de mí; yo estaría dispuesto a hacerlo. Pero las cosas son tan complejas, y la voluntad de Dios es tan difícil de discernir.”
Sin embargo, Moisés dijo que la voz de Dios resuena fuerte y prometedora, indicando nuestro regreso a Él, si sólo la escuchamos y somos leales. La voluntad de Dios no es ni opaca ni lejana. Si escuchamos, suena dentro de nosotros. “Porque este mandamiento que hoy te pido obedecer no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance. ¡No! La palabra está muy cerca de ti; la tienes en la boca y en el corazón, sólo tienes que obedecerla.”
Hay momentos cuando todo parece tan claro. Se conmueve el corazón. Sabemos con absoluta certeza lo que tenemos que hacer. Como un abogado, vemos claramente la ley: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.”
Ah, pero vivirlo, éste es el problema. “Sólo tienes que hacerlo,” estar dispuesto, hacerlo. Ahí está el detalle.
Aún después de oír la historia del buen samaritano, resistimos y repetimos de nuevo la pregunta: ¿Quién es verdaderamente nuestro prójimo? Seguramente no lo serán las personas que vemos por la calle. No lo serán los pobres en el mundo. No lo será esta persona que está delante de mí ahorita.
Y hay muchas razones para no pararnos. ¿Y si me demandan? Vendrán otros para socorrerlo. Tengo prisa. El pobre tenía que haber hecho preparaciones en caso de desastre. La caridad empieza en casa.
Bien conozco yo las excusas, yo mismo siendo profesor y sacerdote. Fue uno como yo quien pasó a un señor deshecho sin ayudarlo en el camino a Jericó. Y yo he hecho lo mismo.
No me impulsó a actuar un mendigo sin brazos ni piernas que permanecía en una cuneta de Calcuta. Tenía cosas que hacer. Puede que sea parte de un fraude (¡cómo pagó por formar parte de semejante engaño!). Sólo querrá más. Otros van a esperar mucho más de mí. Mi ayuda sólo le serviría para continuar en la misma condición impotente. Lo poco que yo le pueda dar no le ayudará a largo plazo.
Así que yo, el sacerdote y profesor, continué mi camino, procurando no verlo. No fue la primera vez. Tampoco la última.
Es difícil reconciliar esta supuesta incapacidad de ser prójimo con mi deseo de seguir a Cristo. La voluntad de Dios aún sigue cerca y clara, animando mi corazón. Sin embargo, estoy perdido y no sé como hacerlo. La paz que busco queda fuera de mi alcance, sobrepasando tanto mi virtud como mi voluntad.
Y en estos momentos, desgraciadamente bien conocidos, cuando examino el abismo entre el santo deseo que Dios ha puesto tan dentro de mi alma y los tristes frutos de él, no puedo más que acudir a las palabras de San Pablo, dándome cuenta otra vez de que nunca encontraré por mi cuenta paz ni reconciliación.
“Porque a Dios le agradó habitar en Jesucristo con toda su plenitud y, por medio de Él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz.”
Entonces, ¿me absuelven estas palabras de la lucha? No. Pero, me recuerdan que nunca querré acercarme al trono de Jesús. Yo—el abogado—defendiendo mi causa. Que siga la inquietud, para que, cuando los viajes a Jericó vuelvan a ocurrir en mi vida, me de cuenta de que las únicas veces que encontraré al prójimo son los momentos cuando soy suficientemente generoso para hacerme prójimo.
John Kavanaugh, S. J.
Traducción de Kathleen Bueno, Ph.D.
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