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Sin duda, mi mamá me había agarrado con la mano en la
masa. Ella ya había notado las bolitas de polvo debajo de
la cama, allí esperando sólo la chispa de Dios para
volverse una nueva creación. A pesar de las posibilidades
grandes de ese momento, ella me mandó a buscar un trapo
para quitar toda evidencia del mundo nuevo venidero.
El polvo participa siempre en el mito y misterio creador y
cuaresmal desde que Dios dijo, “...eres polvo y al polvo
volverás”. Por años en la liturgia del Miércoles de
Ceniza, esperábamos en fila estas palabras y la imposición
del trocito de ceniza en cruz que marcaría nuestra frente.
Desde este momento inicial de la Cuaresma, no era
aceptable comer dulces, escuchar del Llanero Solitario en
la radio emisora los viernes ni ir al cine los sábados por
la tarde. La Cuaresma era difícil. Sin embargo, no la
entendí muy bien. ¿Cómo la podría comprender? Su término
fue un juego de ritos incomprensibles en Latín sin
relación con mi vida. Pronto yo descubriría que esas
penitencias adoptadas voluntariamente iban a perder
importancia cuando comparadas con las otras impuestas por
la misma vida.
Las cenizas nos hablan de una muerte no muy bien
entendida. De niño, consideraba la muerte un evento
extraño y accidental. Aunque un amiguito del vecindario
había muerto por su apéndice reventado, no sentí la muerte
como algo personal hasta el fallecimiento de una tía
abuela, hacedora de dulces grandes y ricas, cuya misa de
resurrección ocurrió en el mismo día en que los Cubs de
Chicago perdieron la Serie Mundial de béisbol; yo tenía
doce años. De una u otra manera, el polvo y la muerte se
relacionan; Somos polvo y vamos a morir. Los ángeles no
son polvo y no mueren. Para mí, siendo niño, el polvo y la
muerte siempre se mezclaban, trayéndome a la vez
sentimientos de miedo y de solidaridad.
Cubrirse uno de polvo en el Medio Oriente es signo de
luto. Nuestra práctica del Miércoles de Ceniza nos acuerda
de ser partícipes, no sólo de la gracia y todo lo positivo
de la vida, sino también del pecado y la muerte. La moneda
de la solidaridad tiene dos lados. Primero, nos unimos a
los asesinos, los traidores de familia o comunidad y a los
vendedores de bendiciones y episcopados para acompañarlos
hacia la gracia. Segundo, el baño de cenizas nos enseña
que también somos pecadores, no sólo virtuales sino
actuales, por nuestro silencio ante una sociedad endrogada
y apática.
Ahora escucharemos una frase del Evangelio al recibir las
cenizas, “Conviertanse y crean en la Buena Nueva”. La cruz
de cenizas también nos recuerda las otras cruces de aceite
perfumado impuestas en el momento del bautismo y
confirmación. Hemos sido seleccionados para conducir a
todos a la libertad y este aceite nos consagra para una
vida de justicia, amor y compasión. Hay momentos cuando no
actuamos como es debido, por ejemplo, no confiando en el
Señor resucitado. Así demostramos nuestra necesidad de la
penitencia y reconciliación en nuestras vidas. Esta cruz
de ceniza no es la que Cristo nos dio; nosotros mismos
hemos preparado esta, pecadores todos.
Sin embargo, hay esperanza. Como me decía mi mamá. El
polvo es lo que sobraba de lo que Dios hizo en la
creación. El espera la palabra divina para brotar una vida
nueva. Nos toca sólo reconocer su valor. Somos polvo;
mírense. Este polvo que somos es llamado a ser la mente
del universo, lo que enriquece el movimiento de las
estrellas, el sol y la luna. Animados por el Espíritu,
seremos los creadores de todo pensamiento y relación.
Este polvo que nos acuerda de nuestros pecados,
simbólicamente inicia una nueva creación entre nosotros.
Reflexionen; somos parte de este mundo material, su voz
para decir la verdad, sus líderes para tomar decisiones
que desarrollan la vida, una sola realidad con él si nos
acompañamos como hermanos. El Medio Oriente, el lugar en
donde se inició nuestra religión y la penitencia, siempre
ha celebrado la posesión de la tierra. Su polvo, como el
polvo debajo de la cama, es el don divino de sumo valor y
la fuente de todo lo mejor que poseemos y compartimos.
La tierra del Medio Oriente es un lugar sagrado, el sitio
en donde los sumerios descubrieron la rueda y los
babilonios inventaron a los abogados; allí los pueblos
aprendieron del don de la libertad y la organización,
haciéndonos los hijos de Dios. Allí también aprendimos de
la opresión, el egoísmo y la muerte.
Aquí nos encontramos en esta tierra, con polvo en la
frente y preguntándonos qué hacer con todo ello. Unidos en
la desgracia y la gracia, quizás escogeremos vivir juntos
y aun amarnos los unos a los otros.
Donaldo Headley
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