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Según nuestras tradiciones, hoy es el último día en que
los recién bautizados se vestían de ropas blancas, todavía
perfumados con los aceites sagrados y de pie ante los
cristianos que los habían recibido en la comunidad el
Sábado Santo. Esa comunidad que los recibió se define en
la primera lectura, tomada hoy de los Hechos de los
Apóstoles. Esta descripción ha sido un objeto de
veneración para los que guardan la prioridad del amor de
Cristo y un escándalo para los que fingen la fe cristiana
sólo para abrazar el poder. ¿Qué testimonio damos nosotros
a la vida del Resucitado? ¿Está presente en los detalles
de la vida diaria, nuestro único culto?
La segunda lectura, tomada de la primera carta de Juan,
nos dice que nuestro amor a Dios tiene sentido sólo al ser
relacionado con el amor expresado al prójimo.
El Evangelio según Juan nos presenta la aparición de Jesús
a los discípulos, dándoles su misión como fuente de la
reconciliación con Dios. El aparece, no sólo para el bien
de Tomás y ellos. El viene también para nosotros que no
estamos seguros si sus heridas son signos de amor o de
vindicación. Cristo nos muestra sus heridas para sanarnos
y darnos la habilidad de sanar a otros.
El Triduo de la Semana Santa, es el retiro espiritual
verdadero de la comunidad cristiana de fe. El Jueves,
Viernes y Sábado Santos son para nosotros un solo tiempo
de esperanza. El domingo sólo existe para los que no han
podido participar en el Triduo. Durante estos años ha
crecido mucho el grupo que se reúne en el Triduo. Sin
embargo, con todo lo que se celebra el Sábado Santo, hay
mucha más gente que participa el Domingo de Resurrección
que en la Vigilia del sábado. No aparecen ni los
ministros, los futuros compañeros de los que van a recibir
las aguas bautismales, los oleos de confirmación y el pan
eucarístico. En esta noche de luz simbólica, muchos
brillan por su ausencia.
Parece que la comunidad entera puede estar presente el
viernes para adorar a Cristo en el símbolo de la cruz y
después estar ausente para la celebración de la
Resurrección. Evidentemente, muchos creemos que la cruz es
el signo de nuestro compromiso y que nuestra oración se
termina en el sepulcro del viernes. Esta opinión tiene
algún apoyo histórico porque, durante el primer siglo, la
Iglesia celebraba el nacimiento, la muerte y la
resurrección de Jesús, todo en la misma noche del Viernes
Santo. Sin embargo, en la liturgia moderna, la cruz no
simboliza nuestro compromiso, sino el amor de Dios quien
da Su Vida (Su Hijo) por nosotros, llamándonos así a
responder con un amor incondicional para nuestro prójimo.
La clave de nuestra reconciliación se encuentra sólo en la
Eucaristía de la Vigilia del Sábado, cuando expresamos
nuestra alegría por la presencia del Resucitado, y
cantamos al Dios que da vida a los nuevos cristianos y
quien renueva la nuestra.
Parece poca gente la que se reúne para la Vigilia del
Sábado Santo. Es posible que muchos del barrio no
entiendan su importancia, pero, por lo menos, nosotros que
participamos en los ministerios parroquiales debemos
comprenderla. Si queremos servir a los demás y esta fiesta
es la liturgia más importante de nuestra solidaridad
espiritual, ¿por qué no la compartimos todos? ¿ No somos
nosotros los que pretendemos ser la comunidad que existe
para servir a los demás? Por lo menos, así lo declaramos.
¿Entendemos el significado de las lecturas de hoy que
enseñan sobre la solidaridad de los primeros cristianos?
¿Comprendemos cómo esas primeras comunidades aprovecharon
la Vigilia para celebrar su unión con el Señor Resucitado?
Claro que es difícil compartir la liturgia trilingüe de la
Vigilia. Pero es una de las pocas ocasiones cuando esto
sea necesario por motivo de las culturas distintas que
comparten los sacramentos de iniciación cristiana. Esta
celebración no es la posesión de ningún grupo étnico, sino
una tarea para toda la comunidad.
Todos tenemos algo que ver con esta celebración de la
comunidad y de sus sacramentos. No nos reunimos en la
Vigilia por motivo de familia y sangre, sino por una fe y
el Espíritu común regalado por Dios. ¿No sería maravilloso
si, por la cantidad de personas presentes, tuvieramos que
pelear los asientos en la Vigilia como hacemos en otros
tiempos para conseguir cenizas y palmas? ¿Comprendemos
actualmente el mensaje que nos trae la Resurrección del
Señor? ¿O es posible que esta proclamación de la
Resurrección no sea para nosotros, sino para otros?
Esperamos que esto no sea así.
Donaldo Headley
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