Homilía
2º Domingo de Pascua
15 de abril de 2012


Primera lectura: Hechos de los apóstoles 4: 32-35
Salmo responsorial: 118:2-4, 13-15, 22-24
Segunda Lectura: 1Juan 5:1-6
Evangelio: San Juan 20: 19-31

Un Domingo "en albis"

Según nuestras tradiciones, hoy es el último día en que los recién bautizados se vestían de ropas blancas, todavía perfumados con los aceites sagrados y de pie ante los cristianos que los habían recibido en la comunidad el Sábado Santo. Esa comunidad que los recibió se define en la primera lectura, tomada hoy de los Hechos de los Apóstoles. Esta descripción ha sido un objeto de veneración para los que guardan la prioridad del amor de Cristo y un escándalo para los que fingen la fe cristiana sólo para abrazar el poder. ¿Qué testimonio damos nosotros a la vida del Resucitado? ¿Está presente en los detalles de la vida diaria, nuestro único culto?

La segunda lectura, tomada de la primera carta de Juan, nos dice que nuestro amor a Dios tiene sentido sólo al ser relacionado con el amor expresado al prójimo.

El Evangelio según Juan nos presenta la aparición de Jesús a los discípulos, dándoles su misión como fuente de la reconciliación con Dios. El aparece, no sólo para el bien de Tomás y ellos. El viene también para nosotros que no estamos seguros si sus heridas son signos de amor o de vindicación. Cristo nos muestra sus heridas para sanarnos y darnos la habilidad de sanar a otros.
El Triduo de la Semana Santa, es el retiro espiritual verdadero de la comunidad cristiana de fe. El Jueves, Viernes y Sábado Santos son para nosotros un solo tiempo de esperanza. El domingo sólo existe para los que no han podido participar en el Triduo. Durante estos años ha crecido mucho el grupo que se reúne en el Triduo. Sin embargo, con todo lo que se celebra el Sábado Santo, hay mucha más gente que participa el Domingo de Resurrección que en la Vigilia del sábado. No aparecen ni los ministros, los futuros compañeros de los que van a recibir las aguas bautismales, los oleos de confirmación y el pan eucarístico. En esta noche de luz simbólica, muchos brillan por su ausencia.

Parece que la comunidad entera puede estar presente el viernes para adorar a Cristo en el símbolo de la cruz y después estar ausente para la celebración de la Resurrección. Evidentemente, muchos creemos que la cruz es el signo de nuestro compromiso y que nuestra oración se termina en el sepulcro del viernes. Esta opinión tiene algún apoyo histórico porque, durante el primer siglo, la Iglesia celebraba el nacimiento, la muerte y la resurrección de Jesús, todo en la misma noche del Viernes Santo. Sin embargo, en la liturgia moderna, la cruz no simboliza nuestro compromiso, sino el amor de Dios quien da Su Vida (Su Hijo) por nosotros, llamándonos así a responder con un amor incondicional para nuestro prójimo.

La clave de nuestra reconciliación se encuentra sólo en la Eucaristía de la Vigilia del Sábado, cuando expresamos nuestra alegría por la presencia del Resucitado, y cantamos al Dios que da vida a los nuevos cristianos y quien renueva la nuestra.

Parece poca gente la que se reúne para la Vigilia del Sábado Santo. Es posible que muchos del barrio no entiendan su importancia, pero, por lo menos, nosotros que participamos en los ministerios parroquiales debemos comprenderla. Si queremos servir a los demás y esta fiesta es la liturgia más importante de nuestra solidaridad espiritual, ¿por qué no la compartimos todos? ¿ No somos nosotros los que pretendemos ser la comunidad que existe para servir a los demás? Por lo menos, así lo declaramos.

¿Entendemos el significado de las lecturas de hoy que enseñan sobre la solidaridad de los primeros cristianos? ¿Comprendemos cómo esas primeras comunidades aprovecharon la Vigilia para celebrar su unión con el Señor Resucitado? Claro que es difícil compartir la liturgia trilingüe de la Vigilia. Pero es una de las pocas ocasiones cuando esto sea necesario por motivo de las culturas distintas que comparten los sacramentos de iniciación cristiana. Esta celebración no es la posesión de ningún grupo étnico, sino una tarea para toda la comunidad.

Todos tenemos algo que ver con esta celebración de la comunidad y de sus sacramentos. No nos reunimos en la Vigilia por motivo de familia y sangre, sino por una fe y el Espíritu común regalado por Dios. ¿No sería maravilloso si, por la cantidad de personas presentes, tuvieramos que pelear los asientos en la Vigilia como hacemos en otros tiempos para conseguir cenizas y palmas? ¿Comprendemos actualmente el mensaje que nos trae la Resurrección del Señor? ¿O es posible que esta proclamación de la Resurrección no sea para nosotros, sino para otros? Esperamos que esto no sea así.

Donaldo Headley



Derechos de Autor © 2012, Alejandro von Rechnitz.
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Arte de Martin Erspamer, O.S.B. (Anteriormente Steve Erspamer, S.M.)
de Religious Clip Art for the Liturgical Year (A, B, and C)
[“Clip Art” religioso para el año litúrgico (A, B y C)].
Usado con permiso de Liturgy Training Publications. Este arte puede ser reproducido sólo por las parroquias que compren la colección en libro o en forma de CD-ROM. Para más información puede ir a: http://www.ltp.org/