En verdad os digo que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando el cielo estuvo sin llover tres años y seis meses, siendo grande el hambre por toda la tierra. Y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino que lo fue a una mujer viuda en Sarepta, en el territorio de Sidón. (San Lucas 4: 25-26)
A pesar de haber sido enviado, Elías parece olvidarse completamente de ayudar a la viuda y a su hijito. Al contrario, le pide que le traiga comida a él. (Primera Lectura)
Ella le dice que le queda “sólo un puñado de harina en la orza” y “un poco de aceite en la alcuza.” Está recogiendo leña para preparar la última comida que ella y su hijo comerán jamás, para después, morir de hambre y de sed.
Elías sigue insistiendo que prepare esa última comida para él. Le pide agua; la viuda se va para traérsela. Mientras tanto, Elías le grita, “Tráeme también en la mano un trozo de pan.” Qué egoísta nos parece.
Pero Dios sabe lo que hace.
Nos damos cuenta de eso al oír a Elías repetir las palabras de Diós:
Porque así dice el Señor Dios de Israel: La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra.
Nadie sabe lo que pensó en ese momento la viuda, pero las palabras de Elías eran todo lo que le quedaba.
Y confiando en ellas, hace el panecillo—delante de los ojos incrédulos de su hijo—y se lo da a Elías para que coma.
¿Tiene sentido este relato? Tenemos que admitir que no. Entonces, ¿cuál es el mensaje?
Es que la viuda confió en la bondad de Dios, aun cuando se sentía al punto de morir. Respondió instintivamente cediendo todo control sobre su vida. Este es el verdadero significado de “confiar.” A la hora de verdad, ponte en manos de Dios. Hasta en la situación más extrema.
Y así, al fin y al cabo, Dios había enviado a Elías a ayudar a la viuda, y no a robarle.
En el Evangelio, otra viuda demuestra la misma generosidad, echando en el cepillo del templo los dos últimos reales que tenía. Jesús observa lo que hace y sabe lo profunda que es su fe.
Hoy en California, Florida, Puerto Rico, Centroamérica, Siria, entre muchos otros lugares de gran necesidad, vemos a la gente que procura poner sus vidas en las manos de Dios—sea lo que sea su concepto de Dios--para luego luchar con todas sus fuerzas para sobrevivir.
¿Acaso ellos fallan en su relación con Dios? Al contrario.
¿Exactamente cuánto confiamos tú y yo en Dios?
¿O es que nos rendimos al miedo?
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autor de esta reflexión:
Fr. Juan Foley, SJ


