Conocí a John en 1975. Llegamos el mismo día a la comunidad de L’Arche en Bangalore, India. Era una casa de acogida para personas minusválidas que fue fundada en el espíritu de Jean Vanier, quien inspiró a muchos miles de personas por todo el mundo.
John era minusválido. Yo, según pensaba, no lo era. John representaba un caso singular, un señor de cuarenta años que padecía del síndrome de Down. Tenía miedo y era introvertido. Era la primera vez que se encontraba lejos de su casa y de su madre, quien le había cuidado durante muchos años. Como su madre tenía que ingresar en el hospital por mucho tiempo, John necesitó ayuda y L’Arche estaba allí para ayudarle.
Por mi parte, me encontraba algo deprimido, aunque probablemente no se me notaba. Mi discapacidad estaba encubierta—un dolor persistente de desilusión. Había viajado a la India, había participado en un retiro espiritual, y descubrí que no me había transformado en lo más mínimo. Todavía me sentía inseguro a pesar de los títulos académicos; aún insatisfecho a pesar de las varias maniobras llevadas a cabo; todavía tímido a pesar de mis grandes sueños. No era ningún San Francisco Javier.
Aunque no trató apenas a los demás durante las primeras semanas, John se dedicó a una tarea. Se tumbaba en el suelo con la mejilla contra el cemento, y soplaba con todas sus fuerzas despidiendo el aire en grandes arcos. Quitaba el polvo de los pasillos. Parecía estar contento y orgulloso de lo que aportaba a la comunidad. Yo cocinaba de vez en cuando y presidía la celebración de la Eucaristía, sintiéndome bastante valioso. Pero, por la noche, me acostaba rígido y sin pegar ojo en el catre, escuchando ruidos raros al otro lado de la puerta sin cerradura: un joven afligido que gruñía, olfateaba y murmuraba mientras echaba un vistazo dentro del cuarto; un viejo amable que canturreaba y hablaba consigo mismo después de un día de hacer tareas sencillas; una voz urgente que llegaba desde el final del pasillo.
Me imagino que ninguno de nosotros, los dos Johns, se encontraba bien, aunque el personal—“los ayudantes”—se preocupaban más por él ya que era menos experto en encubrir su sufrimiento.
Después de unas semanas, hubo un descubrimiento. Lo hizo John. ¿Notó mi ansiedad y el alejamiento protector que mantenía? ¿Entendió mi deseo de que mi estancia allí se acabara? ¿Sabía que yo necesitaba ayuda?
Una mañana, mientras yo atravesaba un salón, evitando obstáculos,
alguien me agarró la pierna. John se encontraba en el suelo
“barriendo,” boca abajo, pero consiguió tirar de mi
tobillo.
Cuando le miré, parado y sorprendido, vi su mano moverse en el aire
como si diera la mano a un fantasma. Yo era el fantasma—pero luego
ya no lo fui, después de que le di la mano para saludarle y vi la
cara sonriente que me miraba desde abajo.
¿Por qué es que siempre pienso en John cuando se menciona el óbolo de la viuda? “Ella dio más que los demás … Ellos dieron de lo que les sobraba. Ella dio de su pobreza, todo lo que tenía para vivir.”
Supongo que fue el poder del regalo que me dio. El hecho que se esforzó en comunicarse conmigo aunque sin lugar a dudas él tenía mucho menos motivo de hacerlo que yo. Había perdido su hogar y a su madre, lo conocido y el consuelo. Y de alguna manera sin embargo me dio un regalo a mí.
Después de ese día, llegué a estar más contento. Y también lo estuvo John, tal vez al notar su poder para ayudar a otra persona.
Elías conoció a una viuda pobre. Solo quería tomar agua. La viuda que estaba buscando algo de leña fue a traérsela. Después sólo quería un bocado de pan. Pero no había nada. Buscó ramas para hacer fuego. Con sólo un puñado de harina y unas gotas de aceite preparó la última comida para compartir con su hijo antes de morirse. “No tengas miedo,” le dijo el profeta, “Haga lo que iba a hacer, pero deme algo también. No se le agotará.” Los tres pudieron comer por un año: el profeta, la mujer y el niño. La harina no se acabó. El aceite no disminuyó.
Hay momentos cuando nos sentimos apenados, y pensamos que no nos queda nada para dar. Tenemos poco para compartir. Entonces, por alguna razón, llegamos a dar más de lo poco que nos queda. Y renace la gracia.
¿Cuántas veces nos socorren unos pocos centavos de los demás? Ocurre en los momentos cuando parece que alguien no tiene nada para ofrecernos: no tiene preparación académica, no tiene ningún programa, ningún sermón, ningún consejo, ninguna solución para nuestros problemas. Si no nos abandonan a nuestra suerte, sino que nos dan otra cosa, si no nos dan de lo que les sobra sino de lo poco que tienen para vivir, descubrimos que han ofrecido su mismo ser. Su presencia. Su corazón. Lo que nos otorgan, al final, no es simplemente un bien humano sino la vida de Dios floreciendo en nuestro amor, fe y esperanza.
Recibí noticias de John por lo menos durante unos cinco años. Hasta vi su cara sonriente una vez en una hoja informativa de la comunidad de L’Arche. Me dijeron que era una de las alegrías de la comunidad.
Me ayuda a entender por qué Cristo se conmovió tanto al encontrarse con una viuda un día, cerca del tesoro del templo.


