En estos días, después de la celebración de la Navidad y sin la distracción de los estudios, los niños andan mostrando lo que recibieron como regalo. Están condescendientes con los adultos, explicándonos la técnica de todo, desde su “Play Station” hasta los bloques alfabéticos de madera. Para nosotros hay mucha revelación nueva.
Al estudiar la Biblia, vemos que los temas son siempre los mismos: la creación participada y la liberación de los pueblos. Las diferencias aparecen, no por una variedad de temas, sino por las necesidades de cada generación. Cada auditorio humano debe aprender la importancia de los temas, y nuestro Dios sabe bien utilizar el teatro para enseñar.
Como todos nosotros, Jesús nació en circunstancias sencillas. Los detalles tiene menos que ver con el evento histórico que con la relación ministerial de Jesús con nosotros.
Lucas y Mateo, los evangelistas que mencionan el nacimiento de Jesús, visten los eventos como un dramaturgo arregla su escenario con luces y sombras que enfocan su mensaje principal y conducen a la reflexión. Aprendemos que Jesús es quien nos compartirá una vida que se profundiza y crece, pero que no termina, eliminando los prejuicios que nos separan.
En esta temporada, las casas del barrio están rociadas de luces y adornos. La rectoría también celebra con un arbolito silencioso en la ventana de su sala principal. Esta temporada no pasa sin una muestra de su esplendor aunque sea solamente por los regalos envueltos.
Para mí, esta temporada tiene su parte negativa. La familia se divide por opiniones sobre los individuos que la componen y, porque no puedo dejar de amar a ninguno de estos miembros, se me dificulta la Navidad. A la vez, me hace falta la gente con que vivía casi trece años del ministerio.
Para el ministro, cada parroquia es un vaivén de emociones con sus bautismos, bodas y entierros celebrados en la comunidad. En las familias del barrio, el festival de la Navidad magnifica los problemas y alegrías que penetran la vida. A pesar de las presiones provocadas por esta situación, es mucho mejor sentirlo todo que no sentir nada.
Es importante celebrar en comunidad estos eventos que originalmente tomaron lugar en circunstancias tan ordinarias. Cada motivo evangélico para celebrarlos nos da un aprecio de la presencia de Dios en otros detalles de la vida. Lo que dicen los evangelistas de la Navidad o lo que hacemos para apreciarla sólo adorna su realidad de la presencia de Dios, pero tiene su importancia. Los griegos llamaron este esfuerzo “Epifanía” o “Presentación” y comprenderemos su significado ya cuando los eventos diarios de nuestra vida lleguen a reflejar a Dios entre nosotros como lo hizo el Niño adorado por los Magos.
La soledad de un amor perdido como también la angustia de un amor esperado no se experimentan sin revelar al Dios que nos invita a crear mundos nuevos y a liberarnos en los pasos de la vida. Los evangelistas han vestido la presencia de Dios con parajes y tiempos sagrados o con la reconciliación de algunos y el rechazo de otros. Sin embargo, se celebra en estos días las aventuras, miedos y amores celebrados en las emociones, compromisos y sacrificios que cada día penentran nuestra conciencia de pueblo.
Si los evangelistas han sido capaces de animarnos tanto por su narración, debemos también ver de otro modo las historias que aclaran los eventos de nuestras propias vidas. Lo que se debe preguntar no es “¿en dónde está nuestro Dios?” sino “¿si habrá jamás un lugar o tiempo en que Dios no se encuentra?” El nombre hebreo de Dios se traduce “PRESENCIA”. Si esto es cierto, ¿por qué no revelamos esa presencia de una manera más palpable y alegre en los detalles de la vida? ¿Por qué no manifestamos a nuestro Dios?

