La fiesta de la Epifanía contiene un alto drama. Incluye viajes largos, estrellas que guían, peligros de mal agüero, sueños sagrados, grandes fugas, y un bebé amenazado.
Los conflictos de la Epifanía se presentan claramente. La luz lucha contra la noche. La vida errante termina con la alegría del descubrimiento. La verdad triunfa sobre el engaño.
Los Reyes Magos simbolizan los esfuerzos más nobles de los seres humanos. Son sabios, astrónomos, gente de filosofía, ciencias y tesoros.
Emprenden un largo viaje para buscar la verdad. Al encontrarla, dan homenaje, no al distinguido y poderoso rey Herodes, sino al hijo del Todopoderoso.
Herodes no sólo es mentiroso y asesino, sino que además tiene miedo. Se siente amenazado por el niño, este bebé indefenso que no tiene más poder que la fuerza de animarnos a tener esperanza.
¿Por qué temen los reyes de la historia como Herodes a los niños del mundo? ¿Podría ser que temen el amor? ¿Por qué teme el Herodes que existe dentro de nuestro ser a nuestro niño interior? ¿Podría ser que tememos la esperanza? ¿Podría ser que tememos que el prójimo indefenso nos agote el amor?
Hoy en día, el niño dentro de nosotros está en peligro. La sorpresa y el asombro del niño avergüenzan a nuestra mente utilitaria. La vulnerabilidad y la dependencia del niño humillan nuestro falso deseo de controlar. Así que matamos al niño que llevamos dentro.
Los niños molestan a los que viven una cultura egoísta. ¿Cómo no van a afligir a la gente narcisista que se empeña en buscar satisfacción inmediata y que rompe promesas con facilidad? Es verdad, podemos formar a los niños para que sean imágenes de nuestro propio ego, pero aún esto requiere tiempo y disciplina. Es más fácil abandonarlos, abortar a millones, dejar desamparados a los niños no deseados, sin padres, sin cuidados, sin formación escolar.
Hoy en día, oímos de niños ahogados por sus madres, niños que son víctimas de la venganza (hasta el extremo de arrancarlos del útero de una madre asesinada), niños abusados por los que están encargados de cuidarlos y protegerlos. Un presidente ni siquiera se atreve a admitir que el llamado aborto parcial es, en efecto, un infanticidio. ¿Cómo no vamos a pensar que los niños son sacrificables?
La conciencia herodiana se aferra al engaño. Tiene que reprimir la verdad. Conspira a seducir a la persona que busca la sabiduría.
Los amantes de la Epifanía resisten. Buscan al niño. Ejercen la sabiduría del humilde homenaje. Sueñan con otra manera de vivir.
Y este es el sueño: toda nuestra sabiduría, todas nuestras ciencias, todos nuestros dones de tesoros humanos, no deben ser alcahuetes para la tiranía de la tribu, la clase social, la nación o el ego. Estos opresores sobreviven por mentiras asesinas. En el sueño de la Epifanía, todos nuestros dones se quedan a los pies del niño, no sólo en Belén, sino en todas las ciudades del mundo.
La Epifanía no es únicamente un día festivo dramático. Es también un día festivo misionero. Su mensaje es para todas las naciones. Y si las personas de fe no lo proclaman, nuestros niños se quedarán a merced de los Herodes de este mundo.

